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| Orígenes |
El lugar de los Ayllones es el nombre con el que se conocía
antiguamente nuestro pueblo, que comienza a ser
un núcleo cada vez más poblado
y tomando identidad propia, poco a poco, a partir de la Reconquista.
Quizás, los antecedentes hay que buscarlos en un núcleo -o bien pudieron ser varios y próximos- de población preexistente a la Reconquista. Pequeños asentamientos que estaban diseminados por toda la zona, asentamientos árabes que pudieron tener como precedentes, en muchos casos, a asentamientos tardoromanos.
Desconocemos los nombres de dichos lugares. Si sabemos que fueron donados al Maestre de la Orden de Santiago, Don Pelay Pérez al ser reconquistados por él para el Rey San Fernando, según Carta de donación por Privilegio despachado el 11 de abril de 1246 en donde se indican los límites del territorio concedido a dicho Maestre. Carta que se repite «con fecha de 13, de dicho mes, y año, omitiendo el señalamiento de confinantes, y diciendo, que concedía el dicho Castillo de Reyna con la Villa, con todas sus pe,-tenencias, montes, Fuentes, etc. y con todos sus términos poblados, y por poblar, según los huvo en tiempos de Moros ... »
El Lugar quedó bajo la jurisdicción de la Orden de Santiago y sujeto
eclesiásticamente al Priorato de San Marcos de León. En el Capítulo General
de la Orden, celebrado en Ucles en 1440, se le otorgó un privilegio «confirmando
a el Lugar de los Ayllones de Reyna, cierta dehessa, apeandola, y acotandola».
Pocos
años después las noticias serán mas frecuentes debido a las Visitas hechas
por los visitadores de la Orden, y recogidas por escrito a partir de la última
década de 1400. Visitas que nos dan noticias de la ya existente Parroquia del
Señor San Juan Bautista y del crecimiento demográfico: « cien vecinos poco
más o menos ... » en la visita de 1498, manteniéndose el número a
comienzos del siglo XVI « ay en dicho lugar ciento nueve vecinos»
según
visita de 1501.
En el Capítulo General de la Orden de Santiago, celebrado en Burgos el 25 de abril de 1524, se le hace una nueva concesión al lugar de los Ayllones para la ampliación de la dehesa que se le había otorgado en el capítulo General de Ucles. La licencia para la ampliación de terreno, la otorga el Rey Carlos I de España al dicho Capítulo General: « Se le concede licencia para el ensanche de dicha dehessa ... en quinientas fanegadas (de las de la época) y que por esta, hagan y tengan y gocen los vecinos de dicho lugar para sus bueyes y ganados de lavor perpetuamente...»
A finales del siglo XVI, el número de habitantes se ve incrementado notablemente, como así aparece en el censo de Castilla, «Relación por mayor» del vecindario del Partido de la Provincia de León de la Orden de Santiago de 1591, que nos da noticias de que el número de vecinos en ese año es de 315.
El Lugar, se extendía entre dos elevaciones del terreno atravesada por una pequeña vaguada y un tramo de camino. A cada parte se extendía la población, en una el pequeño templo parroquial del Señor San Juan Bautista, y en torno algunas calles de las cuales nos han llegado algunos nombres: San Juan, de la Fuente, Valverdejo, Real. Y en la otra la del Toledillo, Hornachuelos, Sierra Morena.
En la primera década del S. XVI se comienza la construcción de un nuevo templo parroquial, más acorde con la población y en un punto más equidistante de la misma «en el comedio». El actual templo parroquial de Santa María de los Remedios que se terminó «En jueves veintiocho días de noviembre de mil quinientos sesenta y seis años se acabó de cerrar la postrera capilla de la Iglesia mayor de los Ayllones...».
Una vez concluida la obra del nuevo templo parroquial, terminando el siglo
XVI, se construye en el medio, entre la citada vaguada y el camino, una pequeña
ermita y junto a ella un hospital, a espensa de un particular y con motivo de
una Obra Pía, dedicada a la Virgen y en la que se da cobijo a la hermandad de
la Vera Cruz. Con el devenir del tiempo la dicha ermita se convertiría en la
sede de la mayordomía del Cristo de la Sangre y sede de los actos devocionales
de la Semana Santa. Esta ermita determinó la fisonomía urbanística del
pueblo, ya que en torno a ella, hacia el norte y sur se fueron edificando casas hasta formarse la calle que lleva su
nombre y que unió -junto con el edificio del templo parroquial- los dos grupos
de calles
preexistentes. La actual ermita es producto de la última
remodelación que se produjo a mediados del siglo XVIII.
El Lugar de los Ayllones deja de pertenecer a la jurisdicción de Reyna, otorgándosela título de Villa en virtud del Real Privilegio dado por el Rey Felipe IV el 18 de septiembre de 1646, mediante apoyo de 45.000 reales. Eclesiásticamente siguió bajo el priorato de San Marcos de León, hasta finales del s. XIX con la promulgación de la Bula «Quo Gravius» en 1873, del Papa Pio IX, por la cual se suprimían los Prioratos de la Órdenes Militares de Santiago (Llerena) y otros de la Órden de Alcántara. Quedando así incorporado nuestro Pueblo a la Diócesis de Badajoz. Es a mediados de este mismo siglo XIX cuando comienza a denominarse a la Villa de Ayllones, como Ahillones, aunque en el último tercio del siglo XVIII, también se escribía su nombre como Aillones.
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El monumento más destacado es el Templo Parroquial de Santa
María de los Remedios,
se comenzó a construir a principios del siglo XVI y se
terminó
en 1566. La originalidad de su construcción se ha perdido en su interior a
causa de dos hundimientos sufridos a lo largo del tiempo. El último a finales
del siglo XVIII. Tampoco conserva los retablos antiguos, solo algunas imágenes
se han salvado de los distintos avatares de la historia. Es en su exterior en
donde se conserva su aspecto originario, casi en su totalidad.
Se trata de un edificio de mampostería y ladrillos con influencias mudéjares y con algunos elementos de marcado sabor renacentista. Todo el edificio sobresale del casco urbano identificando la fisonomía urbanística de Ahillones, además de ser el edificio más antiguo y con más solera histórico-cultural de la localidad.
Su torre es un ejemplar más que debe añadirse al recorrido mudéjar de la zona, no tan sobresaliente como otras torres, peso si digno de tenerlo en cuenta. Formada por cuatro cuerpos separados entre si por cornisas horizontales de varias molduras.
En el primer cuerpo se abre la puerta de¡ poniente, llamada
"del
perdón",
construida por piezas de piedra arenisca. Es de doble arco, el de
acceso al templo, de medio punto rebajado con reducido tímpano que aloja un
escudo con dos llaves cruzadas. Y sobre éste se abre otro, un tanto peraltado,
que recibe en su clave un escudo con la cruz de la Orden Santiaguista. Se flanquea en su dintel por dos columnas adosadas -una a cada lado- con fuste de
suave éntasis inferior, se apoyan sobre plintos que se ornamentan con dos
adornos florales en cada uno de ellos. Sobre ellas se sitúa el friso formado
por casetones que alojan, alternándose, rosetas circulares y flores
romboidales. Sobre el friso, el frontón triangular que tiene en le centro de su
tímpano una hornacina con arco de medio punto en venera, la flanquean dos
escudos con la cruz de la Orden de Santiago y lo corona una flor romboidal. Los
vértices y la cúspide del frontón, se rematan con adornos flamígeros.
El segundo cuerpo tiene, como único elemento arquitectónico una ventanita flanqueada por dos pilastrillas a modo de columnas y rematada por frontón triangular
El tercer cuerpo lo ocupan, casi en su totalidad, dos vanos semicirculares ciegos u hornacillas con arcos de medio punto en veneras. Éstas tienen en cada uno de sus lados una pilastrilla a modo de columnas con sencillos arquitrabes sobre los que se sitúan los frontones triangulares de cada una de ellas. Estos se rematan en sus vértices con adornos de forma balaustral.
El cuarto y último cuerpo de la torre o campanario, está formado por dos vanos
en cada una de sus caras para alojar las campanas. Éstos tienen arcos de
herradura anglelados y están flanqueados por pilastras circulares que arrancan
de unos resaltos -a modo de mensulas- de la comisa de molduras que da lugar a
este cuerpo, y culminan en otra cornisa volada que da remate de¡ mismo. Se
culmina el conjunto con unas torrecillas circulares -una en cada extremo-
llamadas popularmente morriones, éstas torrecillas están formadas cada
una por seis vanos avecinados con arcos de medio punto y rematadas con techo cupular
semiesférico. En el centro se levanta el
chapitel octogonal que se remata con veleta de hierro.
Entre las imágenes más valiosas hay que destacar dos: El amarrado, una buena talla del siglo XVII y el crucificado llamado El Cristo del Socorro (1630) magnífica imagen del escultor extremeño Francisco Morato, es de tamaño medio y formó parte del antiguo retablo, hoy desaparecido. A pesar de las pérdidas sufridas en los avatares de la historia, se han logrado conservar algunas piezas importantes de orfebrería, como la custodia de mano, la cruz parroquial y las crismeras, todas ellas del autor Llerenense Diego Ximenez y datadas entre 1620 y 1630.
Sus calles conservan aún algunas casas, testigos de los diversos modos de construcción a lo largo del tiempo. Se pueden apreciar construcciones sencillas provenientes del siglo XVI, así como pocos ejemplos de casas solariegas de este mismo siglo y del siglo XVII. Algunas fachadas mudéjares escondidas tras enlucidos y encalados sucesivos, y algunos otros ejemplares del barroco popular, sin dejar atrás algunos ejemplares del modernismo tardío, pero muy bellos, obra en muchos casos de magníficos albañiles locales.
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La arquitectura esta marcada por su componente horizontal,
con más tendencia a ocupar superficie que altura, con unos espacios,
claramente delimitados, envueltas por estructuras cúbicas o paralepipédicas,
subdivididas internamente. Únicamente las molduras de puertas y ventanas, las
cornisas y antepechos las rejas sobresaliente con sus poyos y guardapolvos
parecen luchar contra esa definida volumétrica.
Los extensos núcleos de población se desarrollan por la adición sucesiva de
volúmenes en torno a calles generalmente, amplias y rectas. Al ser blanqueadas
en su totalidad, conforman una imagen de gran pulcritud, nada mimética con el
paisaje circundante, imagen que suele relacionarse con el tópico de la
blancura de los pueblos andaluces. En estos pueblos sureños de Extremadura,
solo los hitos urbanos (generalmente torres parroquiales, que se dejan con el
color del material que las conforma) contrastan y se destacan sobre los
caseríos de rojos tejados y blancas paredes.
Destaca el hecho de ser una arquitectura de tierra. Con el uso del tapial y
del adobe se consiguen muros de grosor apreciable, necesarios para soportar el
empuje de las bóvedas y como aislante de los rigores climáticos. En algunas
comarcas abunda el aparejo toledano alternando con tapial y adobe y ,también
los muros construidos únicamente de ladrillos, elementos que nos hablan de la
apariencia de lo mudéjar en la zona. La madera de cierta calidad ,al ser un
material poco o nada abundante, resulta cara y escasea en la vivienda.
Estructuralmente la mayoría de las viviendas se subdividen en varios muros de
carga, siempre paralelos a la fachada, que las distribuyen en crujías. o
naves. Un corredor o paso, central o lateral siempre perpendicular a las
fachadas y a las crujías cortas, los muros de carga y se convierte en el eje
de distribución de la casa. Las casas suelen estar dobladadas, antes estaban
destinadas o granero o pajar.
Un aspecto destacable en las cosas de la mayor parte de la zonas del sur es su
tendencia al decorativismo de fachadas. Más sensible y elevada dependiendo de
la clase social de sus moradores. Nos encontramos con fachadas subdivididas
mediante molduras y pilastras, a las portadas resaltadas y molduradas y a las
ventanas con rejas colocadas sobre un poyo sobresaliente y rematadas por un
tejadillo, dosel o guardapolvo. Todo realizado en ladrillo, revocado y
perfectamente encalado.
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Este
gusta por la ornamentación de las fachadas con estos elementos debe enlazarse
con la difusión de modelos de arquitectura popular sevillana; pues no debe
olvidarse que para esta zonal sur de Extremadura, Sevilla ha sido un
importante foco de atracción por su cercanía, por la estructura interior de la
vivienda que remite a modelos autóctonos.
En la campiña esta muy extendido el uso del ladrillo, cuya forma de
utilización recuerda modos mudéjares. En algunas fachadas podemos observar
magníficos juegos de molduras y elementos vegetales.
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